No recuerdo exactamente como empezó esta nueva visión del mundo.
Siempre quise hacer un curso de fotografía, pero no sé con precisión en qué momento empecé a ver a través del lente constantemente.
Aunque tengo un recuerdo, que considero el más lejano en mi memoria.
Siempre quise hacer un curso de fotografía y como fallé en seguir el único curso gratuito de la ciudad, me dediqué cada domingo a leer sobre fotografía. Analógica y Digital. Los distintos filtros. La sensibilidad de la luz.
Pero ese día, mis ojos vieron distinto.
Caminábamos de la mano, hablando de todo y de nada a la vez. Por calles que he caminado muchas veces antes, en los 18 años que llevo aquí, cuando me quedé parada, sorprendida, observando una esquina.
Creo que para alguien que cae en la categoría de lo normal, estableciendo que esa categoría fuera dada por alguien que no vive como yo, la esquina no tenía nada fuera de lo común. Era simplemente una esquina, que no llegaba a ser de 90°, sino que era más angosta cortada por una diagonal. Y sobre ella un negocio, venido a menos, por los años, pretendo creer, ya que recuerdo haber visto esa esquina a mis tiernos nueve años, luego a mis diez, después a mis once, seguidamente a mis doce y así sucesivamente mientras crecía, siempre en el mismo barrio.
Aunque mis ojos parecían más impresionables ahora que a esa temprana edad.
Seguramente ese negocio estuvo allí mucho antes que yo, mucho antes que mi papá, mucho antes. No lo sé, pero así parecía, ya que su aspecto era bastante desusado. Y sobre este negocio, había un edificio de no más de tres pisos, que lo convertía en un edificio aún más antiguo. Sus compañeros ahora son mucho más altos, mucho más blancos, se dirá fino. Con varios accesorios, que los edificios antiguos como mi nuevo edificio favorito no tenían, pero que ahora son imprescindibles para la gente. Como muchas otras cosas que antes no eran necesarias, pero hoy no se puede vivir sin ellas, pero ese es tema de otra historia.
Desde mis ojos pequeños, la esquina había sido siempre triste, gris, apagada. Triste porque ella en sí parecía triste, por supuesto nunca le pregunté a la esquina por qué estaba triste.
Si me pongo a pensar en posibles respuestas, seguramente tendría que ver con sus años. Dentro de la normalidad, es natural sentirse mal por la edad. Y creo que antes lo consideraba normal. Por eso nunca antes me había llamado la atención, pero hoy sí quise preguntarle por qué estuvo tan desconsolado antes.
Imaginé sus posibles respuestas nuevamente y esta vez, él me contaba la historia.
“Siempre fui sereno.” Empezó, con un tono de voz parecido al de mi abuelo, áspero y rudo, pero a la vez profundo y tierno. Y siguió. “No fui creado para grandes cosas, ni fui pensado para llamar la atención y mucho menos para lucirme al lado de mis pares, aunque en un principio lo hice. Supe desde el comienzo que mi fin era ser habitado, albergar familias y ser testigo de la felicidad y de las desgracias de las personas. Y fui feliz con eso. Me encantaba estar ahí para los momentos importantes de la vida. Sabía que mi vida iba a ser mucho más duradera que la de mis habitantes, pero no lo peleé, porque algunas cosas son como tienen que ser y esperaba contento al próximo habitante. Observé el ritmo de la vida humana, presencié todos los primeros momentos que pude. El primer beso de la niña con su mejor amigo en la habitación a escondidas de sus padres. La llegada del primer nacido a la casa y la felicidad de los padres al verlo cada segundo del día y su cansancio por las noches. Las parejas de recién casados bautizando el lugar con la demostración más magnánima del amor. Las cenas de los solteros o solitarios, parece que no, pero ellos son los que más hablan, saben que nadie los escucha y por ello dicen sin ninguna vergüenza todo lo que piensan. Reía con ellos y lloraba también, aunque nunca lo supieron. Y cada vez vinieron menos. Decidieron construir este local en la planta baja cuando se dieron cuenta que los departamentos eran demasiados para mí. Y estuve disgustado, porque no podía ser parte de sus vidas, las personas venían, pero sólo estaban algunos minutos y no me daban tiempo para compartir con ellos. Compartir a mi manera, claro, porque ellos no sabían que estaban compartiendo esos momentos conmigo. Y no era suficiente. Poco a poco los departamentos se fueron vaciando. Ya nadie arreglaba mis ventanas y nadie pintaba mis paredes y fui quedando cada vez más feo. Pero peor aún, cada vez con menos vida. Y así me dejaron… Solo…”
Supe que mientras imaginaba todo esto, estaba parada en una esquina sin hacer nada sólo mirando un edificio viejo, de nuevo, para la vista de las personas normales.
No me importó mucho.
Veía mucho, considerablemente más que antes. Sabía que el resto sólo veían un edificio añejado. Pero por alguna razón, para mí, estaba lleno de color, lleno de vida. Había presenciado cosas que yo sólo iba a saber una sola vez, pero innumerables veces. Sabía todas las respuestas posibles, había visto todo en infinitas oportunidades. Conocía más de la humanidad que cualquier ser humano. Y eso lo hacía prefecto, casi mágico ante mis ojos. Su conocimiento hacía de su aspecto la cosa más bella que jamás hube visto. Su existencia hacía de la mía una ínfima historia. Y quise retenerlo en mi mente, para siempre.
No entendía por qué no lo había visto antes. Observé a su alrededor y vi mi respuesta claramente.
Estaba muriendo.
A su lado sólo había edificios nuevos, con nuevas tecnologías, nuevos agregados. Cosa que no era difícil de imaginar, ya que para mi palacio personal, un ascensor era un avance más allá de lo comprensible.
Él sabía. Yo sabía, que no quedaba mucho tiempo. Pero aún así, me sentí satisfecha. El había vivido más de lo que era entendible para mí, sus cimientos fueron fuertes y lo mantuvieron vivo hasta hoy.
Dichosa de haber visto esto quise inmortalizarlo, y saqué una fotografía de él en mi cabeza. Con luces de colores que emanaban de él. Como una especie de aura que lo rodeaba, cada una de las luces representando las personas que vivieron en él, cada una con su color específico, viendo en la intensidad de cada color, la importancia que habían tenido para mi nuevo templo. Algunos eran casi transparentes, pero lo suficientemente visibles como para hacerse notar y otros tan fuertes que hacían entrecerrar mis ojos. Todo llenándome, él en sí, llenándome. Sentí como de manera casi telepática fue mostrándome todos sus momentos y los aprecié como si los hubiese vivido. Y cuando todo concluyó, la paz me envolvió, sabiendo, él y yo, que era lo que venía para él y nuevamente, lo aceptó. Como aceptó todo lo que le hubo pasado antes.
Y me percaté de que en una manera no perceptible para los demás, me estaba sonriendo.
Sabiendo que lo había conmemorado para siempre en mi mente.
“¿Pasa algo?” Me dijo, despertándome de mi trance.
“Hm… No, nada… Nunca había notado ese edificio” Le dije, en parte mintiendo, porque sí lo había visto antes y también porque me preocupaba que me vea como una loca. Pero a la vez, nunca lo había observado como hoy.
Y seguimos caminando. Mientras me daba cuenta, que aunque para mí estuve parada horas en una esquina. Realmente solo pasaron unos segundos.
Sabía que tenía que volver a ver las cosas así.
No.
Sabía que no tenía que dejar de ver las cosas así. De esa manera tan profunda, tan intensa y penetrante. Sabía ahora que tenía que inmortalizar lo que pudiese, en la forma más bella que mis insuficientes ojos pudieran, tratando de transmitir todo, todas las sensaciones que sentí en ese momento, o la mayor cantidad que me sea posible.
No volví a salir sin mi cámara.
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