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Amigo...

Apenas salí de la casa empezó a llover. Y sin dudarlo, condené a mi suerte por este detalle meteorológico.

Las gotas eran frías, aunque hacía calor, y me pegaban en la cara nublando mi visión, así que no pude ver bien a dónde me dirigía. Por supuesto, conozco tan bien las calles de este lugar que eso no fue un impedimento para seguir caminado, o por lo menos eso pensé.

Seguí caminando, confiando en que mis instintos me llevarían al lugar correcto. No tuve en cuenta lo aturdida que estaba, no había tenido una noche fácil. Creo que por eso, no llegué a dónde debía.

No podía dejar de pensar en lo que había pasado. No podía sacar esas imágenes de mi cabeza.

Continué mi caminata y me di cuenta que estaba perdida. No sabía a dónde había llegado. No reconocía nada alrededor mío. En un lugar que conocía como la palma de mi mano. De pronto, todo se volvió extraño. Ya no distinguía las calles, todas eran nuevas para mí. El silencio alarmante no era parte de lo que recordaba: calles llenas de alegría, gente paseando, todo eso se había ido. El olor de las comidas de los restaurantes que emanaba de sus chimeneas también había desaparecido. En cambio sólo veía una calle oscura, negra, como la boca de un lobo, esperando a su próxima presa.

Pero la calle no sabía, que yo ya era una presa. Presa de mi memoria y los sucesos que en ella habitaban.

No pude contener más el llanto. Y me senté en un banco, sobre la vereda, a olvidar lo que había acontecido hacía ya unas horas, minutos, no lo sabía.

Ilusa fui, porque no lo logré, ni siquiera por asomo.

Sollozando le pedí perdón a la nada que era la única que podía perdonarme en ese momento.

“Es demasiado difícil, duele demasiado.” Sus palabras resonaban en mi cabeza y las lágrimas caían sobre mi rostro.

No me importaba estar perdida, no intenté mínimamente ubicarme o buscar un punto de orientación. No podía. No tenía las fuerzas suficientes, no con lo que había hecho.

Siempre fue una persona buena conmigo. Muy correcto en sus acciones y amable en sus prácticas diarias. Cuidaba de mí como ninguna otra persona lo había hecho hasta entonces, en ocasiones se refería a sí mismo como “la nona” ya que sentía que era demasiado sobre protector y a veces sus consejos triplicaban su edad. Nunca tuve que reprocharle nada, aunque a veces en vano lo hice, pero realmente nunca tuve fundamentos.

Llegado un punto en nuestra historia, sabíamos exactamente lo que el otro estaba pensando con sólo mirarnos. Sabíamos nuestras rutinas diarias y las compartíamos sin ningún problema, de hecho era realmente placentero estar allí para el otro a toda hora.

Pero yo elegí otra vida. Una vida que sin quererlo me fue separando cada vez más de esta persona. Y yo era feliz. Pero él no.

Debo reconocer que soy culpable de todas las acusaciones que no quiso hacer esa noche, no podía hacerlas, él no funciona así y me quería demasiado.

¿Cómo pude hacerle esto a una persona que me adoraba tanto como él? ¿Cómo pude hacérselo a una persona a la que adoro tanto? No lo sé. No sé como las cosas siguieron este curso. Sólo sé que lo traté de una forma que él no esperaba. Él quería otra cosa de mí y no supe dársela.

Estuve tan ciega por mi placer personal, que decidí olvidar muchas de las cosas que habíamos compartido, sin lograrlo, claramente, pero sí las hice a un lado, y seguí adelante con lo que era más importante para mí. Sin pensar en lo que él consideraba importante.

Tuve muchas actitudes que lo dañaron de formas que no puedo ni describir. Y si no puedo, es porque él a mí, jamás me dañaría de esa forma. Todas mis decisiones lo afectaron, lo hirieron.

Todo lo que hice, lo lastimó de alguna manera.

Y el recuerdo se volvió más claro que nunca.

Las puñaladas clavándose en su corazón, aminorando su pulso lentamente. Suavemente la sangre caía de su pecho, resbalando por su piel hasta llegar en forma de gotas al piso, donde explotaban manchando mucho más de lo que su alcance le habría permitido. Me observaba cómo perdonándome por todo y sentía que trataba de calmarme con su mirada, transmitiéndome toda la calma que le era posible.

Él, llorando de dolor.

Y yo sin decir nada.

Mirando como se desangraba.

Lo vi morir.

Lo maté.

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