Puedo estar delirando de fiebre, puedo estar llorando de dolor, puedo estar sufriendo e incluso deseando mi propia muerte, pero nada de eso es tan malo, cuando pienso, que me salva de ESE lugar.
Al despertar por la mañana, suelo contemplar la habitación, tratando de recordar si todo está como lo dejé la noche anterior. No es que crea que hay pequeños duendes malignos que sean capaces de quitarme o mover mis cosas de lugar.
No, no temo por esas cosas, temo más por los humanos que por los seres de mi imaginación. Pero eso no es relevante, por lo menos no hoy.
Contemplo la habitación. Y aparece.
La amargura cae sobre mí como una catarata helada sobre mi cuerpo cálido, como mil espinas, hostigándome, lastimándome la piel. Y me absorbe, sin dejarme escapar. Me entristece pensar de esta manera, pero a la vez no siento que pueda ser de otra forma.
Y recuerdo el principio.
Apenas unos años atrás, era completamente feliz. Tenía todo lo que cualquier persona de mi edad podía desear, o por lo menos lo que necesité en ese momento. Aunque capaz ahora mi visión esté distorsionada por la disconformidad actual, pero me recuerdo feliz. Repaso en mi cabeza las mañanas llenas de sueños. Con nostalgia veo los planes de las tardes y la facilidad para hacerlos y deshacerlos a causa de algunos mejores, que tal vez se me ocurrieron a mí o quizás alguien más sugirió. Las aspiraciones a largo plazo no iban más allá del fin de semana, pero nos alcanzaba.
Y luego la ambición me envolvió. Y así caí.
El comienzo fue entretenido. La idea de conocer gente nueva me entusiasmó, especialmente al ver que había muchas personas con ideas similares a las mías, con los mismos proyectos, o las mismas sensaciones, fundamentalmente con respecto al arte. Me sentí comprendida y bienvenida en este nuevo lugar.
Pero las cosas no siguieron así por mucho tiempo.
Lamentablemente la codicia crecía cada vez más en mí. Y cada vez quise más y más cosas, sin pensar en lo que estos nuevos sentimientos podían causar. Y me fue atrapando.
Cegada por la avaricia, busqué nuevas formas de satisfacer estas, antes ignoradas, necesidades, y fui perdiendo las cosas que me encantaban de mí. Mi libertad se escapó de mis manos tan sutilmente que todavía hoy no puedo creer que la perdí.
Esas personas que había conocido, pronto se mostraron tan infelices y desgraciadas como yo, así que por lo menos no me sentí sola, estábamos todos juntos en la misma miseria. Pero eso tampoco duró mucho. Ya que, al poco tiempo, su desgracia no me hacía sentir comprendida, sino que agrandaba la mía y se hacía aún más intolerable tener que volver.
Porque tenía que volver. Ya no podía dejarlo. Ahora lo necesitaba, como una droga que te destruye lentamente, aunque ésta no era comparable a ninguna droga que haya probado antes, porque no me hacía sentir bien mientras la consumía, no saciaba ninguna sed, solo me hacía peor, pero no podía dejarlo, cada vez más derrumbada, cada vez más encerrada, más atrapada, sin poner oposición.
Ya hace mucho tiempo que estoy así. Hace demasiado tiempo que vivo de esta manera todos los días. Hoy, no hay nada que quiera más, que volver a ese estado, ese momento, en el que todo era más simple, fácil, sencillo… Hoy ansío revivir la realidad que antes me era perfecta y que destruí, por mi apetito pretensioso. Pero ya no sé cómo. Mi memoria me falla cada vez más y día a día, al encontrarme nuevamente en ese lugar, en ese espacio, en ese agujero sin fondo, sigo cayendo, sin saber cómo salir, cómo regresar…
Comentarios
Publicar un comentario
Dejame saber qué te parece...