Una mañana como todas, con sueño. Traté de vestirme con todas las sábanas y colchas, apretando la almohada. Deseando que no me dejaran salir, que me atrapen en un sueño eterno. Y poder disfrutar del frío que hacía afuera, desde la calidez de mi cama. Después de la quinta vez que sonó mi despertador -o al menos la quinta para mí, ya que algunos dicen que cuando yo escucho la quinta, realmente va por la décima- decidí salir de la cama y enfrentarme con el día que se me venía encima sin pedir permiso. Sin intentar combinar mi atuendo, me cubrí de ropas calculando sí, la temperatura que mi monitor mostraba y prontamente iba a afectarme. Siempre y cuando me atreviera a cruzar la puerta. Tarea bastante difícil de realizar por las mañanas. Pero lo logré. Con mi libro en brazos, salí a la calle. Últimamente no observo las mañanas. Últimamente ando con las narices metidas en algún libro. Por lo que no miro por dónde camino ni a dónde voy. Lo bueno es que el trayecto lo sé de memoria, así que no...