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Mañana en el Abasto

Una mañana como todas, con sueño. Traté de vestirme con todas las sábanas y colchas, apretando la almohada. Deseando que no me dejaran salir, que me atrapen en un sueño eterno. Y poder disfrutar del frío que hacía afuera, desde la calidez de mi cama.
Después de la quinta vez que sonó mi despertador -o al menos la quinta para mí, ya que algunos dicen que cuando yo escucho la quinta, realmente va por la décima- decidí salir de la cama y enfrentarme con el día que se me venía encima sin pedir permiso.
Sin intentar combinar mi atuendo, me cubrí de ropas calculando sí, la temperatura que mi monitor mostraba y prontamente iba a afectarme. Siempre y cuando me atreviera a cruzar la puerta. Tarea bastante difícil de realizar por las mañanas.
Pero lo logré.
Con mi libro en brazos, salí a la calle.
Últimamente no observo las mañanas. Últimamente ando con las narices metidas en algún libro. Por lo que no miro por dónde camino ni a dónde voy. Lo bueno es que el trayecto lo sé de memoria, así que no tengo que pensar demasiado en ello y puedo concentrarme en lo que leo. Esta vez llevaba mi Rayuela conmigo. Libro que siempre quise leer, pero nunca lo hice antes, vaya a saber uno por qué. Quizás necesitaba superar algunas cosas antes de atreverme. Quizás necesitaba leer otras cosas antes y por eso lo dejé para hoy. Quizás nunca tuve una copia y ésta cayó en mis manos por decisión del destino justo ahora.
No sé por qué. Sí sé que antes de Rayuela estuvo Naturo y antes de Naturo, Yerba Mate Libre. Ambos libros, de Guillermo de Pósfay.
Tuve la oportunidad de conocerlo, era un pibe normal. Tomaba mate, como yo. En Plaza Francia, como yo. Escribía, como él. Si nunca lo hubiera conocido, al leer sus libros, jamás hubiese creído que él era una persona tan común. Aunque no lo es. Entre la gente, era uno más. En sus libros, es sólo él.
¿Cuántos libros de Cortázar entran en un subte?
Con Guillermo no me pasaba eso. Hoy conté 3 en mi vagón. Si hubiera estado leyendo Sed o Allegro Andante, seguramente hubiese sido la única. En cierta forma, ese excepcional sentimiento de originalidad me gustaba, me hacía sentir importante. Yo lo conocía, y toda esta gente vivía sus vidas sin saber quién era. Imposible.
Seguí leyendo mi Rayuela sintiéndome tan normal como el resto de los lectores, aunque no hayan estado leyendo el mismo libro. No tengo nada en contra de Cortázar, pero no me sentía única. De todas maneras me encerré en mi burbuja y continué mi lectura.
Llegué a mi estación.
Es curioso cómo la gente se adueña de las cosas. Mi vagón. Mi Rayuela. Mi estación.
Claramente el vagón no era mío, no me pertenecía, pertenecía a la empresa de transporte. Pero no a mí. Definitivamente Rayuela tampoco era mío, yo no lo creé, lo creó Cortázar, era de él. Y la estación, de la ciudad, del gobierno. Poco importa. Ese momento era mío y estas cosas pertenecían a mi momento. Y por esto consideré apropiado apropiarme de ellas.
Siguieron hechos tan rutinarios como aburridos. Salir por el pasaje debajo de 9 de Julio. Prender el pucho enfrente del hotel. Parar en el kiosco. Apagar el pucho antes de entrar al kiosco. Cappuccino con tres medialunas. Lo mismo de siempre.
Acto seguido debía llegar a la puerta, buscar mi acceso y subir a empezar otro día de trabajo en el infierno.
Pero paga las cuentas. Las cuentas que nadie quiere tener, pero que todos tenemos. Que seguimos acumulando, una detrás de otra, sumándose.
De todas maneras, no tenía que pasar lo que pasó. Eso no era lo de siempre.
Me vio, justo cuando estaba tratando de convencerse de mi no existencia. Y apurado, asustado entró casi corriendo por la puerta.
Y yo, sin saber reaccionar, me apuré detrás. Pero lo perdí igual. En un espacio de dos metros por dos metros, lo perdí igual.
¿Subió por las escaleras? Es eso o se esfumó en el aire. O no lo vi. Tal vez lo había imaginado, pero era tan real. No era posible. Pero ahora no lo sabré nunca.
Él sigue tratando de convencerse de que yo no vivo, nunca viví y por lo tanto nunca me conoció. Y yo, sigo mi vida, ahora sin su compañía, con todo lo que siempre soñé. Esperando que mi “no existencia” le sirva a él para ser tan feliz como lo soy yo. Como aprendí a serlo.
Con mi Guillermo de Pósfay. Mi Rayuela. Mis sueños desde el infierno. Mi cappuccino con tres medialunas. Mis proyectos. Mi proximidad a la salida del abismo, que cada vez se acerca más, exaltada por la cercanía temporal a la realización del anhelo más grande de mi presencia en este mundo. Acompañada, tomada de la mano de mi presente y futuro.

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