Había una vez una personita pequeña y triste en un rincón, mirando como le quitaban todas las cosas que más amaba, y lo único que podía hacer al repecto era narrarlas.
Llorando, en silencio, observaba como todo se le escapaba de las manos.
Lamentando que no pudiera ser de otra manera, pero sin intentar cambiar las cosas. Porque cambiar las cosas no era para ella, para eso se necesitan personas fuertes y seguras de sí mismas. Y ella no lo era.
Dentro de este lugar había muchas personas malvadas que le quitaban sus pasiones, o simplemente las destruían delante de sus ojos, para que ella vea que no podía hacer nada al respecto. Y se sentía más impotente, menos importante y seguía sufriendo.
Desconsolada. Creía que el mundo era un lugar oscuro y sin esperanzas. Sólo aguardaba su muerte.
Nesea siempre fue su compañero de celda. Pero la particularidad de Nesea es que siempre estaba de buen humor. Él observaba estas situaciones, al igual que ella, pero decía que todo iba a ser mejor, que las cosas iban a cambiar. Cada vez que ella lloraba, él la abrazaba y la contenía, para que no se deje vencer.
Con el pasar del tiempo, Nesea empezó a perder las esperanzas. Las cosas no cambiaban, todo seguía igual. Venían, rompían y se iban. Dejándolos solos con sus sueños deshechos, pedazos en el suelo.
Empezó a llorar, todos los días. Nesea estaba enfermo, y no quería seguir adelante con su vida. No veía el propósito. Ella trataba de convencerlo de que las cosas iban a cambiar, iban a estar mejor, pero él ya no creía. Necesitaba que Nesea esté bien, porque era su única esperanza.
Cuando abrieron la puerta y entraron para destruirlos nuevamente, ella simplemente se levantó, firme y con todo el miedo en su interior, les dijo "Queremos que se vayan"
Estas bestias quedaron sorprendidos por esta nueva actitud, pero hicieron caso omiso, y siguieron arrasando con todo.
Al retirarse, Nesea animado por esas simples palabras comenzó a idear.
Cada vez que abrían la puerta, los atacaban con palabras cada vez más fuertes. Pero al final, cada día, tenía el mismo descenlace.
Nesea fue recuperando energía, gracias a su compañera. Y la próxima vez que fueron a abrir la puerta, ambos, con todas sus fuerzas se impusieron en ella y no los dejaron pasar. Desde el otro lado, se escuchaban gritos amenazadores, que prometían peores castigos.
Ya no les importaba, no tenían nada que perder.
Día a día repitieron la rutina. Y fueron reconstruyendo sus sueños, pedacito por pedacito, los fueron armando. Se llenaron de proyectos, aspiraciones y todo empezó a recobrar sentido. Resolvieron que había más cosas para hacer, que quizás no eran los únicos en esa situación y que si había más gente así, necesitarían ayuda.
Fue entonces cuando determinaron que debían salir. Sabían que no sería sencillo, pero no tenían otra cosa por hacer.
Y siguieron peleando, cuando iban a su puerta, los dejaban pasar y los golpeaban hasta que no podían moverse. Y simplemente dejaron de ir.
Al principio pensaron que era una trampa y permanecieron encerrados unos días más.
Luego, sin más opciones, fueron libres.
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